Questões de Espanhol
11.733 Questões
Questão 13 310248
UFVJM 2015/2Lea el texto abajo y después responda a la cuestion que se siguen. Vuelva al texto cuando sea necesario.
A la deriva
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
–¡Dorotea! – alcanzó a lanzar en un estertor – ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
–¡Te pedí caña, no agua! – rugió de nuevo. – ¡Dame caña!
–¡Pero es caña, Paulino! – protestó la mujer espantada.
–¡No, me diste agua!¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
– Bueno; esto se pone feo – murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiento hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito – de sangre esta vez – dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrio el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú- Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
– ¡Alves! – gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
– ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! – clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
– Un jueves...
Y cesó de respirar.
Fuente: QUIROGA, Horacio. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917). Adaptado. Disponível em: http://www.literatura.us/quiroga/deriva.html. Acesso em: 26 mai. 2015.
La palabras “machete”, “picada” y “trapiche” se traducen por:
Questão 12 310247
UFVJM 2015/2Lea el texto abajo y después responda a la cuestion que se siguen. Vuelva al texto cuando sea necesario.
A la deriva
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
–¡Dorotea! – alcanzó a lanzar en un estertor – ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
–¡Te pedí caña, no agua! – rugió de nuevo. – ¡Dame caña!
–¡Pero es caña, Paulino! – protestó la mujer espantada.
–¡No, me diste agua!¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
– Bueno; esto se pone feo – murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiento hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito – de sangre esta vez – dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrio el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú- Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
– ¡Alves! – gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
– ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! – clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
– Un jueves...
Y cesó de respirar.
Fuente: QUIROGA, Horacio. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917). Adaptado. Disponível em: http://www.literatura.us/quiroga/deriva.html. Acesso em: 26 mai. 2015.
El protagonista del cuento, al final:
Questão 11 310233
UFVJM 2015/2Lea el texto abajo y después responda a la cuestion que se siguen. Vuelva al texto cuando sea necesario.
A la deriva
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
–¡Dorotea! – alcanzó a lanzar en un estertor – ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
–¡Te pedí caña, no agua! – rugió de nuevo. – ¡Dame caña!
–¡Pero es caña, Paulino! – protestó la mujer espantada.
–¡No, me diste agua!¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
– Bueno; esto se pone feo – murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiento hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito – de sangre esta vez – dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrio el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú- Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
– ¡Alves! – gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
– ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! – clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
– Un jueves...
Y cesó de respirar.
Fuente: QUIROGA, Horacio. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917). Adaptado. Disponível em: http://www.literatura.us/quiroga/deriva.html. Acesso em: 26 mai. 2015.
Paulino, el hombre herido, luego del primer vómito, decidió:
Questão 8 291723
UCS inverno 2015Cartas de mamá (Las armas secretas, 1959)
Julio Cortázar (1914-1984)
Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le
bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de
franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia
al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a
[5] veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del
Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores.
Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la
vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. __________ antes de eso que acababa de leer
– y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse –, las cartas de mamá;
[10] eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había
querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida.
Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después él las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente)
que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja
de lana, que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las
[15] calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irri
sión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es
casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar
una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco
[20] del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires.
__________ se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas
que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: “Si se pudiera romper y tirar
el pasado como el borrador de una carta o de un libro. __________ ahí queda siempre, manchando la copia en limpio,
y yo creo que eso es el verdadero futuro”. En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía
[25] la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de
La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en
cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar
de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, solo al azar de algún diálogo, y sobre todo
cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos
[30] de un mundo caduco en la lejana orilla del río.
Disponível em:< http://www.enperu.org/informacion-arequipa-clima-en-arequipa-ubicacion-geografica-ciudad-blanca.html> Acesso em: 3 fev. 15. (Parcial e adaptado.)
De acordo com o texto, é correto afirmar que
I o emprego das aspas entre as linhas 22 e 24 não são obrigatórias, já que o enunciado reproduz a fala do próprio autor.
II os pronomes interrogativos por qué (linha 24) e Por qué (linha 27) estão grafados corretamente, já que ambos iniciam perguntas: uma indireta e outra direta.
III o termo orilla (linha 30) pode ser melhor traduzido por beira.
Das proposições acima,
Questão 2 291695
UCS inverno 2015Cartas de mamá (Las armas secretas, 1959)
Julio Cortázar (1914-1984)
Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le
bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de
franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia
al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a
[5] veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del
Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores.
Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la
vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. __________ antes de eso que acababa de leer
– y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse –, las cartas de mamá;
[10] eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había
querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida.
Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después él las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente)
que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja
de lana, que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las
[15] calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irri
sión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es
casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar
una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco
[20] del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires.
__________ se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas
que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: “Si se pudiera romper y tirar
el pasado como el borrador de una carta o de un libro. __________ ahí queda siempre, manchando la copia en limpio,
y yo creo que eso es el verdadero futuro”. En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía
[25] la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de
La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en
cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar
de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, solo al azar de algún diálogo, y sobre todo
cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos
[30] de un mundo caduco en la lejana orilla del río.
Disponível em:< http://www.enperu.org/informacion-arequipa-clima-en-arequipa-ubicacion-geografica-ciudad-blanca.html> Acesso em: 3 fev. 15. (Parcial e adaptado.)
De acordo com o texto, é correto afirmar que
I as formas verbais entregaba (linha 01), bastaba (linha 02) e esperaban (linha 04) estão todas empregadas neste pretérito imperfeito, porque o autor quer destacar hábitos do cotidiano do personagem.
II as formas verbais habría (linha 02) e había (linha 19) encontram-se, ambas, no passado.
III a forma verbal gustara (linha 20) – que se encontra no subjuntivo – pode ser melhor traduzida por gostasse.
Das proposições acima,
Questão 1 291690
UCS inverno 2015Cartas de mamá (Las armas secretas, 1959)
Julio Cortázar (1914-1984)
Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le
bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de
franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia
al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a
[5] veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del
Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores.
Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la
vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. __________ antes de eso que acababa de leer
– y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse –, las cartas de mamá;
[10] eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había
querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida.
Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después él las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente)
que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja
de lana, que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las
[15] calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irri
sión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es
casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar
una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco
[20] del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires.
__________ se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas
que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: “Si se pudiera romper y tirar
el pasado como el borrador de una carta o de un libro. __________ ahí queda siempre, manchando la copia en limpio,
y yo creo que eso es el verdadero futuro”. En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía
[25] la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de
La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en
cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar
de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, solo al azar de algún diálogo, y sobre todo
cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos
[30] de un mundo caduco en la lejana orilla del río.
Disponível em:< http://www.enperu.org/informacion-arequipa-clima-en-arequipa-ubicacion-geografica-ciudad-blanca.html> Acesso em: 3 fev. 15. (Parcial e adaptado.)
Assinale a alternativa que completa correta e respectivamente as lacunas do texto nas linhas 08, 21 e 23.
06
![[Marketing] Questao Topo - deslogado](https://storage.estuda.com.br/banners/0_6b7ebee90b03af1c560c73bb8bcce34a_banner_deslogado_70_dias.png)