Questões de Espanhol
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Questão 14 123934
PUC- RJ G-(2) 2016/1Enfermos de ocio: el precio de tomarse 20 días de vacaciones
Kristin Suleng
El síndrome del tiempo libre existe. Sea verano o
invierno, no pocos se sienten escacharrados nada más
empezar las ansiadas vacaciones. Cuando placeres
como tener el despertador apagado, tumbarse en la
arena de la playa o llegar a la habitación del hotel
se tornan en un suplicio por culpa de un malestar
general de pies a cabeza, una sensación de náuseas
o de síntomas que anuncian una gripe sin motivo
aparente, puede que sufra la enfermedad del ocio.
La denominación, real, aunque suene a chanza de
El Mundo Today, podría dar luz sobre las posibles
razones, todavía inexplicables para la ciencia,
que impiden al organismo saborear el descanso
vacacional tras haberlo dado todo en el trabajo.
Las vacaciones a veces no son sinónimo de
paz y descanso. El cambio de los hábitos, junto con
las condiciones climáticas, puede trastocar la idílica
pausa a la batalla de los atascos-oficina-casa-familia,
con el riesgo de exponernos a patologías que van
desde las lesiones cutáneas por la exposición solar,
infecciones de hongos o picaduras de insectos; a
procesos gastrointestinales de origen infeccioso o
por intoxicaciones alimenticias y la presencia de
enfermedades importadas de otros países a los que
se ha viajado, como apunta Marta Martínez del Valle,
secretaria de información de la Sociedad Española
de Médicos Generales y de Familia (SEMG).
A ese catálogo de enfermedades hay que añadirle
una nueva complicación: ponerse malo por dejar de
trabajar. Aunque apenas hay artículos científicos que
fundamenten su existencia, como observa la doctora
Martínez del Valle, hace poco más de una década, el
psicólogo holandés Ad Vingerhoets, de la Universidad
de Tilburg, aquejado de la sensación de enfermedad
durante el tiempo libre de los fines de semana y las
navidades, se propuso buscar un patrón de síntomas
como explicación a la falta de energía durante las
vacaciones en personas que nunca enferman durante
el estrés laboral.
Tras encuestar a 1.128 hombres y 765 mujeres,
con edades comprendidas entre los 16 y los 87
años, el estudio estimó que alrededor del 3% de la
población puede padecer este trastorno durante los
fines de semana y las vacaciones con síntomas como
el dolor de cabeza, migrañas, fatiga, daño muscular,
náuseas o un estado similar al resfriado o la gripe. En
la mayoría de casos, los pacientes sufrían el síndrome
durante diez años, surgiendo tras acontecimientos
importantes de la vida, como una boda, el nacimiento
del primer hijo o el cambio de un puesto de trabajo.
Según el estudio, el perfil medio del enfermo del
ocio se define por el perfeccionismo y la ansiedad por
avanzar, una excesiva carga de faena y un gran sentido
de la responsabilidad, características que hacen muy
difícil desconectar del trabajo. La preocupación por
el mundo externo cuando trabajamos compite con la
información del propio cuerpo, afirma el autor de la
investigación, de forma que en ambientes de estrés
nuestra atención se desvía de los posibles síntomas
problemáticos, mas, por el contrario, los momentos
de relajación o aburrimiento favorecen la alerta sobre
las señales del organismo. Esta condición podría
demostrar la capacidad de los individuos de posponer
la enfermedad a un momento más adecuado, al
tiempo que aportaría un valor positivo al estrés como
factor de resistencia a patologías, contra la creencia
popular.
(...)
KRISTIN, Suleng. Cest: www.elpaís.es. 15 jul. 2015. 12:08
Marca el enunciado cuyo verbo se refiera a una acción pasada próxima o vinculada al presente de la enunciación:
Questão 12 123932
PUC- RJ G-(2) 2016/1Enfermos de ocio: el precio de tomarse 20 días de vacaciones
Kristin Suleng
El síndrome del tiempo libre existe. Sea verano o
invierno, no pocos se sienten escacharrados nada más
empezar las ansiadas vacaciones. Cuando placeres
como tener el despertador apagado, tumbarse en la
arena de la playa o llegar a la habitación del hotel
se tornan en un suplicio por culpa de un malestar
general de pies a cabeza, una sensación de náuseas
o de síntomas que anuncian una gripe sin motivo
aparente, puede que sufra la enfermedad del ocio.
La denominación, real, aunque suene a chanza de
El Mundo Today, podría dar luz sobre las posibles
razones, todavía inexplicables para la ciencia,
que impiden al organismo saborear el descanso
vacacional tras haberlo dado todo en el trabajo.
Las vacaciones a veces no son sinónimo de
paz y descanso. El cambio de los hábitos, junto con
las condiciones climáticas, puede trastocar la idílica
pausa a la batalla de los atascos-oficina-casa-familia,
con el riesgo de exponernos a patologías que van
desde las lesiones cutáneas por la exposición solar,
infecciones de hongos o picaduras de insectos; a
procesos gastrointestinales de origen infeccioso o
por intoxicaciones alimenticias y la presencia de
enfermedades importadas de otros países a los que
se ha viajado, como apunta Marta Martínez del Valle,
secretaria de información de la Sociedad Española
de Médicos Generales y de Familia (SEMG).
A ese catálogo de enfermedades hay que añadirle
una nueva complicación: ponerse malo por dejar de
trabajar. Aunque apenas hay artículos científicos que
fundamenten su existencia, como observa la doctora
Martínez del Valle, hace poco más de una década, el
psicólogo holandés Ad Vingerhoets, de la Universidad
de Tilburg, aquejado de la sensación de enfermedad
durante el tiempo libre de los fines de semana y las
navidades, se propuso buscar un patrón de síntomas
como explicación a la falta de energía durante las
vacaciones en personas que nunca enferman durante
el estrés laboral.
Tras encuestar a 1.128 hombres y 765 mujeres,
con edades comprendidas entre los 16 y los 87
años, el estudio estimó que alrededor del 3% de la
población puede padecer este trastorno durante los
fines de semana y las vacaciones con síntomas como
el dolor de cabeza, migrañas, fatiga, daño muscular,
náuseas o un estado similar al resfriado o la gripe. En
la mayoría de casos, los pacientes sufrían el síndrome
durante diez años, surgiendo tras acontecimientos
importantes de la vida, como una boda, el nacimiento
del primer hijo o el cambio de un puesto de trabajo.
Según el estudio, el perfil medio del enfermo del
ocio se define por el perfeccionismo y la ansiedad por
avanzar, una excesiva carga de faena y un gran sentido
de la responsabilidad, características que hacen muy
difícil desconectar del trabajo. La preocupación por
el mundo externo cuando trabajamos compite con la
información del propio cuerpo, afirma el autor de la
investigación, de forma que en ambientes de estrés
nuestra atención se desvía de los posibles síntomas
problemáticos, mas, por el contrario, los momentos
de relajación o aburrimiento favorecen la alerta sobre
las señales del organismo. Esta condición podría
demostrar la capacidad de los individuos de posponer
la enfermedad a un momento más adecuado, al
tiempo que aportaría un valor positivo al estrés como
factor de resistencia a patologías, contra la creencia
popular.
(...)
KRISTIN, Suleng. Cest: www.elpaís.es. 15 jul. 2015. 12:08
El objetivo del artículo es
Questão 20 123817
PUC- RJ G-(1,3,4) 2016/1Comer y mirarse a los ojos, cada vez más difícil.
Hay bares y restoranes que premian la
comunicación entre comensales. Los que se animan
a no usar el teléfono durante la comida pagan menos.
Empezaron hace más de un año con los carteles
de remate imperativo que no siempre eran bien
recibidos: “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes”
(o la versión romántica que mandaba a mirarse a
los ojos aunque el comensal estuviera comiendo
solo). Pero en los últimos meses algunos bares y
restaurantes porteños decidieron dar un paso más:
ofrecen descuentos y beneficios para los que se
animen a desprenderse del teléfono durante toda la
comida. Todo un desafío.
“La anécdota es que un viernes a la noche vino
a cenar una familia –padre, madre, dos adolescentes
– y estaban los cuatro totalmente absorbidos por sus
aparatos. Este es un lugar histórico, patrimonio de la
Ciudad, donde buscamos dar un servicio diferente y
tratamos de contarles dónde están, de qué se trata.
Pero no pudimos porque además de perderse el
momento de encuentro en familia tampoco se estaban
comunicando con nosotros. Y no solo eso: el señor se
quejó de que la comida estaba fría. Obvio, cuando
finalmente dejó el teléfono el plato se había enfriado”,
cuenta Benjamín Zadunaisky, gerente del Club del
Progreso, restaurante que implementó un 15% de
descuento para las mesas en las que se desprenden
de sus aparatos.
En la pizzería Monzú fueron probando alternativas
hasta que decidieron “invitar” el plato de entrada
a los que dejaran su celular en la caja. Con una
salvedad: lo pueden sacar un ratito para fotografiar
los platos para las redes sociales. “Vimos en un
blog que se estaba haciendo en Europa y Estados
Unidos y empezamos a probar. Les decíamos a las
camareras que propusieran a los clientes dejar los
teléfonos en la caja para promover la comunicación.
Al principio les parecía frívolo, mucha gente a la que
no le interesaba. Después sumamos la promoción. La
gente se empezó a copar y cada vez son más los
que preguntan. El tema era qué hacer con la moda
de fotografiar la comida. Entonces cuando llegan las
pizzas a la mesa les devolvemos un teléfono para
que tomen la foto y nos lo volvemos a llevar”, cuenta
Juan Manuel León, chef y dueño.
Algo parecido sucedió en Fifí Almacén.
“Sentíamos que no disfrutaban de todo lo que les
podíamos dar en ese estado”, dice Luciano Combi,
su chef. Ellos colocaron un cajoncito como centro de
mesa y de lunes a viernes, en el almuerzo, dan un
10% de descuento a los que apaguen sus teléfonos y
los dejen ahí durante toda la comida.
En el restaurante La Baita incorporaron el
descuento del 5% para los que dejan el teléfono.“Vienen parejas que no se hablan durante toda la
comida. Lo primero que hacen cuando se sientan es
preguntar la clave de Wi-Fi y le dan para adelante”,
describe Guido, el encargado.
Es cierto, todavía no son mayoría los que se
suman a la propuesta. “Pero va teniendo mucha
repercusión. Diría que un 20% de los que vienen a
cenar lo toma y cada vez son más”, se entusiasma
Zadunaisky. “Al principio bromeaban sobre el tema
en las redes sociales, pero en general está teniendo
buena recepción, les parece al menos divertido.
Siempre hay un par de mesas por almuerzo que
participan”, se suma Combi.
Todos coinciden en que un tema que preocupa es
la seguridad de los aparatos durante la comida. “En
general quieren ver dónde se guardan sus teléfonos.
El otro día vino una chica que había cambiado el
aparato después de mucho tiempo y no lo quería
soltar, lo controlaba desde la terraza”, cuenta León.
“El procedimiento es seguro. Cuando dicen que
quieren la promoción se acerca la cajera con sobres
en los que toma el nombre, el número de mesa y ahí
guarda cada celular”, apunta Zadunaisky.
¿Por qué se genera esta relación con los
dispositivos móviles? “El miedo a quedarse afuera
–FoMO o fear of missing out–, que genera una
ansiedad muy importante que lleva a que estemos
todo el tiempo chequeando si nos perdemos de algo
y a la vez teniendo que generar cosas para no quedar
afuera y que los otros estén conmigo”, responde Laura
Jurkowski, psicóloga y directora de reConectarse, un
centro especializado en la problemática de nuevas
tecnologías.
La dependencia no tiene edad. “Vemos que el
celular se empieza a utilizar a edades más tempranas
y se incorpora como algo normal. Es muy frecuente
en los adolescentes que de por sí están en una
etapa del ciclo vital en la cual se busca la aprobación
constante de sus pares”, avanza la especialista. Y
más allá de la interacción social, también puede tener
consecuencias en la alimentación. “Se empieza a
hacer en automático porque la atención está puesta
en otra cosa: no se presta la atención necesaria a qué
se está comiendo, cómo o en qué cantidad”, apunta.
¿Qué hacer ante esta situación? El primer paso
es tomar conciencia de lo que está sucediendo.
“Hacer una autoevaluación sincera y registrar
cuántas veces uno mira el celular mientras está
en otra actividad. Proponerse estar atento a eso y
generar momentos libres de celular. Y ahí ayuda que
los aparatos queden en otro lado. Aunque al principio
genera ansiedad uno se va a acostumbrando. Y las
motivaciones externas ayudan. Si además te dan
un premio como el descuento, suma para corregir el
hábito”, cierra Jurkowski.
Clarin.com. 14/06/15
En el fragmento: “La anécdota es que un viernes a la noche vino a cenar una familia – padre, madre, dos adolescentes – y estaban los cuatro totalmente absorbidos por sus aparatos. Este es un lugar histórico, patrimonio de la Ciudad, donde buscamos dar un servicio diferente y tratamos de contarles dónde están, de qué se trata” (líneas 14-19).
El objeto indirecto “les” que acompaña al infinitivo “contar” (contarles) se refiere a
Questão 18 123815
PUC- RJ G-(1,3,4) 2016/1Comer y mirarse a los ojos, cada vez más difícil.
Hay bares y restoranes que premian la
comunicación entre comensales. Los que se animan
a no usar el teléfono durante la comida pagan menos.
Empezaron hace más de un año con los carteles
de remate imperativo que no siempre eran bien
recibidos: “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes”
(o la versión romántica que mandaba a mirarse a
los ojos aunque el comensal estuviera comiendo
solo). Pero en los últimos meses algunos bares y
restaurantes porteños decidieron dar un paso más:
ofrecen descuentos y beneficios para los que se
animen a desprenderse del teléfono durante toda la
comida. Todo un desafío.
“La anécdota es que un viernes a la noche vino
a cenar una familia –padre, madre, dos adolescentes
– y estaban los cuatro totalmente absorbidos por sus
aparatos. Este es un lugar histórico, patrimonio de la
Ciudad, donde buscamos dar un servicio diferente y
tratamos de contarles dónde están, de qué se trata.
Pero no pudimos porque además de perderse el
momento de encuentro en familia tampoco se estaban
comunicando con nosotros. Y no solo eso: el señor se
quejó de que la comida estaba fría. Obvio, cuando
finalmente dejó el teléfono el plato se había enfriado”,
cuenta Benjamín Zadunaisky, gerente del Club del
Progreso, restaurante que implementó un 15% de
descuento para las mesas en las que se desprenden
de sus aparatos.
En la pizzería Monzú fueron probando alternativas
hasta que decidieron “invitar” el plato de entrada
a los que dejaran su celular en la caja. Con una
salvedad: lo pueden sacar un ratito para fotografiar
los platos para las redes sociales. “Vimos en un
blog que se estaba haciendo en Europa y Estados
Unidos y empezamos a probar. Les decíamos a las
camareras que propusieran a los clientes dejar los
teléfonos en la caja para promover la comunicación.
Al principio les parecía frívolo, mucha gente a la que
no le interesaba. Después sumamos la promoción. La
gente se empezó a copar y cada vez son más los
que preguntan. El tema era qué hacer con la moda
de fotografiar la comida. Entonces cuando llegan las
pizzas a la mesa les devolvemos un teléfono para
que tomen la foto y nos lo volvemos a llevar”, cuenta
Juan Manuel León, chef y dueño.
Algo parecido sucedió en Fifí Almacén.
“Sentíamos que no disfrutaban de todo lo que les
podíamos dar en ese estado”, dice Luciano Combi,
su chef. Ellos colocaron un cajoncito como centro de
mesa y de lunes a viernes, en el almuerzo, dan un
10% de descuento a los que apaguen sus teléfonos y
los dejen ahí durante toda la comida.
En el restaurante La Baita incorporaron el
descuento del 5% para los que dejan el teléfono.“Vienen parejas que no se hablan durante toda la
comida. Lo primero que hacen cuando se sientan es
preguntar la clave de Wi-Fi y le dan para adelante”,
describe Guido, el encargado.
Es cierto, todavía no son mayoría los que se
suman a la propuesta. “Pero va teniendo mucha
repercusión. Diría que un 20% de los que vienen a
cenar lo toma y cada vez son más”, se entusiasma
Zadunaisky. “Al principio bromeaban sobre el tema
en las redes sociales, pero en general está teniendo
buena recepción, les parece al menos divertido.
Siempre hay un par de mesas por almuerzo que
participan”, se suma Combi.
Todos coinciden en que un tema que preocupa es
la seguridad de los aparatos durante la comida. “En
general quieren ver dónde se guardan sus teléfonos.
El otro día vino una chica que había cambiado el
aparato después de mucho tiempo y no lo quería
soltar, lo controlaba desde la terraza”, cuenta León.
“El procedimiento es seguro. Cuando dicen que
quieren la promoción se acerca la cajera con sobres
en los que toma el nombre, el número de mesa y ahí
guarda cada celular”, apunta Zadunaisky.
¿Por qué se genera esta relación con los
dispositivos móviles? “El miedo a quedarse afuera
–FoMO o fear of missing out–, que genera una
ansiedad muy importante que lleva a que estemos
todo el tiempo chequeando si nos perdemos de algo
y a la vez teniendo que generar cosas para no quedar
afuera y que los otros estén conmigo”, responde Laura
Jurkowski, psicóloga y directora de reConectarse, un
centro especializado en la problemática de nuevas
tecnologías.
La dependencia no tiene edad. “Vemos que el
celular se empieza a utilizar a edades más tempranas
y se incorpora como algo normal. Es muy frecuente
en los adolescentes que de por sí están en una
etapa del ciclo vital en la cual se busca la aprobación
constante de sus pares”, avanza la especialista. Y
más allá de la interacción social, también puede tener
consecuencias en la alimentación. “Se empieza a
hacer en automático porque la atención está puesta
en otra cosa: no se presta la atención necesaria a qué
se está comiendo, cómo o en qué cantidad”, apunta.
¿Qué hacer ante esta situación? El primer paso
es tomar conciencia de lo que está sucediendo.
“Hacer una autoevaluación sincera y registrar
cuántas veces uno mira el celular mientras está
en otra actividad. Proponerse estar atento a eso y
generar momentos libres de celular. Y ahí ayuda que
los aparatos queden en otro lado. Aunque al principio
genera ansiedad uno se va a acostumbrando. Y las
motivaciones externas ayudan. Si además te dan
un premio como el descuento, suma para corregir el
hábito”, cierra Jurkowski.
Clarin.com. 14/06/15
Laura Jurkowski, psicóloga y directora de reConectarse, opina que la relación con los dispositivos móviles ocasiona sensaciones de angustia, miedo y ansiedad. Indique la única afirmación que NO corresponde al enunciado:
Questão 16 123813
PUC- RJ G-(1,3,4) 2016/1Comer y mirarse a los ojos, cada vez más difícil.
Hay bares y restoranes que premian la
comunicación entre comensales. Los que se animan
a no usar el teléfono durante la comida pagan menos.
Empezaron hace más de un año con los carteles
de remate imperativo que no siempre eran bien
recibidos: “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes”
(o la versión romántica que mandaba a mirarse a
los ojos aunque el comensal estuviera comiendo
solo). Pero en los últimos meses algunos bares y
restaurantes porteños decidieron dar un paso más:
ofrecen descuentos y beneficios para los que se
animen a desprenderse del teléfono durante toda la
comida. Todo un desafío.
“La anécdota es que un viernes a la noche vino
a cenar una familia –padre, madre, dos adolescentes
– y estaban los cuatro totalmente absorbidos por sus
aparatos. Este es un lugar histórico, patrimonio de la
Ciudad, donde buscamos dar un servicio diferente y
tratamos de contarles dónde están, de qué se trata.
Pero no pudimos porque además de perderse el
momento de encuentro en familia tampoco se estaban
comunicando con nosotros. Y no solo eso: el señor se
quejó de que la comida estaba fría. Obvio, cuando
finalmente dejó el teléfono el plato se había enfriado”,
cuenta Benjamín Zadunaisky, gerente del Club del
Progreso, restaurante que implementó un 15% de
descuento para las mesas en las que se desprenden
de sus aparatos.
En la pizzería Monzú fueron probando alternativas
hasta que decidieron “invitar” el plato de entrada
a los que dejaran su celular en la caja. Con una
salvedad: lo pueden sacar un ratito para fotografiar
los platos para las redes sociales. “Vimos en un
blog que se estaba haciendo en Europa y Estados
Unidos y empezamos a probar. Les decíamos a las
camareras que propusieran a los clientes dejar los
teléfonos en la caja para promover la comunicación.
Al principio les parecía frívolo, mucha gente a la que
no le interesaba. Después sumamos la promoción. La
gente se empezó a copar y cada vez son más los
que preguntan. El tema era qué hacer con la moda
de fotografiar la comida. Entonces cuando llegan las
pizzas a la mesa les devolvemos un teléfono para
que tomen la foto y nos lo volvemos a llevar”, cuenta
Juan Manuel León, chef y dueño.
Algo parecido sucedió en Fifí Almacén.
“Sentíamos que no disfrutaban de todo lo que les
podíamos dar en ese estado”, dice Luciano Combi,
su chef. Ellos colocaron un cajoncito como centro de
mesa y de lunes a viernes, en el almuerzo, dan un
10% de descuento a los que apaguen sus teléfonos y
los dejen ahí durante toda la comida.
En el restaurante La Baita incorporaron el
descuento del 5% para los que dejan el teléfono.“Vienen parejas que no se hablan durante toda la
comida. Lo primero que hacen cuando se sientan es
preguntar la clave de Wi-Fi y le dan para adelante”,
describe Guido, el encargado.
Es cierto, todavía no son mayoría los que se
suman a la propuesta. “Pero va teniendo mucha
repercusión. Diría que un 20% de los que vienen a
cenar lo toma y cada vez son más”, se entusiasma
Zadunaisky. “Al principio bromeaban sobre el tema
en las redes sociales, pero en general está teniendo
buena recepción, les parece al menos divertido.
Siempre hay un par de mesas por almuerzo que
participan”, se suma Combi.
Todos coinciden en que un tema que preocupa es
la seguridad de los aparatos durante la comida. “En
general quieren ver dónde se guardan sus teléfonos.
El otro día vino una chica que había cambiado el
aparato después de mucho tiempo y no lo quería
soltar, lo controlaba desde la terraza”, cuenta León.
“El procedimiento es seguro. Cuando dicen que
quieren la promoción se acerca la cajera con sobres
en los que toma el nombre, el número de mesa y ahí
guarda cada celular”, apunta Zadunaisky.
¿Por qué se genera esta relación con los
dispositivos móviles? “El miedo a quedarse afuera
–FoMO o fear of missing out–, que genera una
ansiedad muy importante que lleva a que estemos
todo el tiempo chequeando si nos perdemos de algo
y a la vez teniendo que generar cosas para no quedar
afuera y que los otros estén conmigo”, responde Laura
Jurkowski, psicóloga y directora de reConectarse, un
centro especializado en la problemática de nuevas
tecnologías.
La dependencia no tiene edad. “Vemos que el
celular se empieza a utilizar a edades más tempranas
y se incorpora como algo normal. Es muy frecuente
en los adolescentes que de por sí están en una
etapa del ciclo vital en la cual se busca la aprobación
constante de sus pares”, avanza la especialista. Y
más allá de la interacción social, también puede tener
consecuencias en la alimentación. “Se empieza a
hacer en automático porque la atención está puesta
en otra cosa: no se presta la atención necesaria a qué
se está comiendo, cómo o en qué cantidad”, apunta.
¿Qué hacer ante esta situación? El primer paso
es tomar conciencia de lo que está sucediendo.
“Hacer una autoevaluación sincera y registrar
cuántas veces uno mira el celular mientras está
en otra actividad. Proponerse estar atento a eso y
generar momentos libres de celular. Y ahí ayuda que
los aparatos queden en otro lado. Aunque al principio
genera ansiedad uno se va a acostumbrando. Y las
motivaciones externas ayudan. Si además te dan
un premio como el descuento, suma para corregir el
hábito”, cierra Jurkowski.
Clarin.com. 14/06/15
Indique la opción correcta:
En Fifí Almacén obtienen el 10% de descuento los clientes que dejan sus celulares en un cajoncito
Questão 14 123811
PUC- RJ G-(1,3,4) 2016/1Comer y mirarse a los ojos, cada vez más difícil.
Hay bares y restoranes que premian la
comunicación entre comensales. Los que se animan
a no usar el teléfono durante la comida pagan menos.
Empezaron hace más de un año con los carteles
de remate imperativo que no siempre eran bien
recibidos: “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes”
(o la versión romántica que mandaba a mirarse a
los ojos aunque el comensal estuviera comiendo
solo). Pero en los últimos meses algunos bares y
restaurantes porteños decidieron dar un paso más:
ofrecen descuentos y beneficios para los que se
animen a desprenderse del teléfono durante toda la
comida. Todo un desafío.
“La anécdota es que un viernes a la noche vino
a cenar una familia –padre, madre, dos adolescentes
– y estaban los cuatro totalmente absorbidos por sus
aparatos. Este es un lugar histórico, patrimonio de la
Ciudad, donde buscamos dar un servicio diferente y
tratamos de contarles dónde están, de qué se trata.
Pero no pudimos porque además de perderse el
momento de encuentro en familia tampoco se estaban
comunicando con nosotros. Y no solo eso: el señor se
quejó de que la comida estaba fría. Obvio, cuando
finalmente dejó el teléfono el plato se había enfriado”,
cuenta Benjamín Zadunaisky, gerente del Club del
Progreso, restaurante que implementó un 15% de
descuento para las mesas en las que se desprenden
de sus aparatos.
En la pizzería Monzú fueron probando alternativas
hasta que decidieron “invitar” el plato de entrada
a los que dejaran su celular en la caja. Con una
salvedad: lo pueden sacar un ratito para fotografiar
los platos para las redes sociales. “Vimos en un
blog que se estaba haciendo en Europa y Estados
Unidos y empezamos a probar. Les decíamos a las
camareras que propusieran a los clientes dejar los
teléfonos en la caja para promover la comunicación.
Al principio les parecía frívolo, mucha gente a la que
no le interesaba. Después sumamos la promoción. La
gente se empezó a copar y cada vez son más los
que preguntan. El tema era qué hacer con la moda
de fotografiar la comida. Entonces cuando llegan las
pizzas a la mesa les devolvemos un teléfono para
que tomen la foto y nos lo volvemos a llevar”, cuenta
Juan Manuel León, chef y dueño.
Algo parecido sucedió en Fifí Almacén.
“Sentíamos que no disfrutaban de todo lo que les
podíamos dar en ese estado”, dice Luciano Combi,
su chef. Ellos colocaron un cajoncito como centro de
mesa y de lunes a viernes, en el almuerzo, dan un
10% de descuento a los que apaguen sus teléfonos y
los dejen ahí durante toda la comida.
En el restaurante La Baita incorporaron el
descuento del 5% para los que dejan el teléfono.“Vienen parejas que no se hablan durante toda la
comida. Lo primero que hacen cuando se sientan es
preguntar la clave de Wi-Fi y le dan para adelante”,
describe Guido, el encargado.
Es cierto, todavía no son mayoría los que se
suman a la propuesta. “Pero va teniendo mucha
repercusión. Diría que un 20% de los que vienen a
cenar lo toma y cada vez son más”, se entusiasma
Zadunaisky. “Al principio bromeaban sobre el tema
en las redes sociales, pero en general está teniendo
buena recepción, les parece al menos divertido.
Siempre hay un par de mesas por almuerzo que
participan”, se suma Combi.
Todos coinciden en que un tema que preocupa es
la seguridad de los aparatos durante la comida. “En
general quieren ver dónde se guardan sus teléfonos.
El otro día vino una chica que había cambiado el
aparato después de mucho tiempo y no lo quería
soltar, lo controlaba desde la terraza”, cuenta León.
“El procedimiento es seguro. Cuando dicen que
quieren la promoción se acerca la cajera con sobres
en los que toma el nombre, el número de mesa y ahí
guarda cada celular”, apunta Zadunaisky.
¿Por qué se genera esta relación con los
dispositivos móviles? “El miedo a quedarse afuera
–FoMO o fear of missing out–, que genera una
ansiedad muy importante que lleva a que estemos
todo el tiempo chequeando si nos perdemos de algo
y a la vez teniendo que generar cosas para no quedar
afuera y que los otros estén conmigo”, responde Laura
Jurkowski, psicóloga y directora de reConectarse, un
centro especializado en la problemática de nuevas
tecnologías.
La dependencia no tiene edad. “Vemos que el
celular se empieza a utilizar a edades más tempranas
y se incorpora como algo normal. Es muy frecuente
en los adolescentes que de por sí están en una
etapa del ciclo vital en la cual se busca la aprobación
constante de sus pares”, avanza la especialista. Y
más allá de la interacción social, también puede tener
consecuencias en la alimentación. “Se empieza a
hacer en automático porque la atención está puesta
en otra cosa: no se presta la atención necesaria a qué
se está comiendo, cómo o en qué cantidad”, apunta.
¿Qué hacer ante esta situación? El primer paso
es tomar conciencia de lo que está sucediendo.
“Hacer una autoevaluación sincera y registrar
cuántas veces uno mira el celular mientras está
en otra actividad. Proponerse estar atento a eso y
generar momentos libres de celular. Y ahí ayuda que
los aparatos queden en otro lado. Aunque al principio
genera ansiedad uno se va a acostumbrando. Y las
motivaciones externas ayudan. Si además te dan
un premio como el descuento, suma para corregir el
hábito”, cierra Jurkowski.
Clarin.com. 14/06/15
Señale la única alternativa en que la palabra en paréntesis se corresponde semánticamente con la palabra subrayada:
06
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