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Questão 18 99649
FCM PB Medicina 2011/1Texto II – BBC Ciencia
Después de vivir 69 días atrapados a poco más de 600 metros bajo tierra, los mineros han estado emergiendo uno por uno hasta la superficie. Pero el proceso de rescate es sólo el inicio. Después de la experiencia que han vivido, los expertos afirman que estos individuos serán "hombres cambiados".
Y ahora tendrán que aprender a enfrentar una nueva realidad que incluirá el reencuentro con sus familias, el asedio de los medios de comunicación y un cúmulo de emociones desconocidas y confusas.
Sin embargo, los problemas sí se podrían presentar debido a las consecuencias del llamado trastorno de estrés postraumático (TEPT).
"Es probable que algunos de ellos presenten este cuadro -que clasificamos como un trastorno de ansiedad- que puede aparecer como una reacción emocional grave después de haber sufrido un trauma psicológico intenso".
Aunque los mineros han estado recibiendo apoyo psicológico intenso durante su encierro, éste estuvo enfocado a enfrentar las condiciones que estaban viviendo diariamente.
Ahora, una vez rescatados, cuando comiencen a enfrentar la realidad del trauma que vivieron, podrían desarrollar el TEPT.
"El TEPT puede aparecer en dos formas: aguda, que puede durar dos o tres meses y desaparecer, o forma crónica" dice el experto en emergencia y desastres."Quienes desarrollen la forma crónica necesitarán apoyo psiquiátrico o psicológico a largo plazo".
En esta forma del trastorno el individuo "revive", con recuerdos o pensamientos intrusos, la situación traumática que vivió, o pueden aparecer síntomas físicos que incluyen insomnio, irritabilidad e hipervigilancia.
Estos pensamientos pueden surgir durante el día o como sueños recurrentes durante la noche. También puede haber otro tipo de conductas, como evitar pasar por la zona del desastre, evitar los espacios cerrados o incluso dejar el trabajo.
"Es probable que experimenten también cambios de carácter, porque las personas con TEPT suelen volverse indiferentes y reducir sus vínculos sociales y sus actividades, o desarrollan cierto desapego afectivo" explica el experto.
Adaptado de http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/, acceso en octubre/2010.
Señala la correcta de acuerdo con el texto:
Questão 17 99648
FCM PB Medicina 2011/1Texto I – Lo divino y lo humano – Claustrofobia
Por: Lisandro Duque Naranjo
En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX, en Bolivia, exhibiéndoles a los mineros de ese país una muestra de cine colombiano. Los anfitriones, para agasajarme, me llevaron a una colina helada en la que se encontraba algo que ellos llamaban "el ascensor". Era un cubículo del tamaño de un baño público portátil, sólo que el material de que estaba hecho eran tablas amarradas con cabuya y alambre en cuya parte superior había una polea, un carretel de cable y una manivela. Me dieron un casco metálico con su lámpara incrustada en la parte frontal, el cual me calcé de inmediato no sin antes hacerme tomar una foto con pretensiones épicas, a lo que contribuía el pesado chaquetón de estilo tibetano, la ventisca que silbaba y, por supuesto, las nieves perpetuas que se alzaban en el horizonte. Luego me dijeron “adelante”, señalándome el interior del armatoste.
Entré con dos mineros y alcancé a ver a través de las rendijas de la madera que el rústico vehículo estaba empotrado en un hueco de la montaña, cuyas paredes eran de estaño. De repente, el ascensor, chirriando, bajó unos diez centímetros en forma brusca, y luego otros diez, como si el que manejaba la manivela tuviera hipo. Les pregunté entonces qué pasaba, y me contestaron que empezábamos a bajar al socavón. Y como a cuánto queda eso, quise saber, escuchándoles una respuesta que de inmediato me hizo dar un salto instintivo hacia fuera: “a 400 metros”. ¡¿Cuatrocientos metros de para abajo?!, exclamé, oyéndoles pronunciar un sereno “sí, compañero”, que me sonó a responso.
Desairar ese viaje al interior de la tierra, todo un ritual para invitados, era como si el huésped de un hacendado se rehusara a montarse en una bestia para recorrer con él las vacadas, diciéndole que detesta el ganado, que los potreros le dan alergia y, que por lo tanto, pasa. Pero lo hice, y para ofrecer un pretexto digno apenas insistieron, me inventé enfermedades imaginarias: que padecía de asma, que había sufrido infartos, que era adicto al oxígeno, cosas de esas.
Obviamente, la antropóloga que me había invitado me susurró al oído que eso era una descortesía y me miró el casco como si lo hubiera deshonrado usándolo como un disfraz. Me lo quité, por supuesto, humildemente, sin la rigidez de esos oficiales que se arrancan sus insignias luego de reconocer su cobardía en un combate. A mí las profundidades, sean abiertas o cerradas, abismos o huecos, me dan pánico. […]
Tal vez no sea yo el único que padece esas fobias. Y la prueba son los más de mil televidentes mundiales que vieron, comiéndose las uñas, el rescate de los 33 mineros chilenos. En cuanto a mí, sentí un escalofrío que me arrancaba en la nuca y me bajaba por toda la columna, cada que uno de los diez o doce hombres que alcancé a ver era encerrado en esa cápsula y comenzaba a ser izado por ese tubo tan estrecho para cumplir ese recorrido eterno. Yo me hubiera quedado abajo, con setecientos metros de planeta encima, hasta que le doblaran el diámetro a ese tubo y la cápsula no tuviera ese aspecto de féretro. Aunque al salir a la superficie ya no saliera por televisión.
Adaptado de http://www.elespectador.com/, acceso en octubre/2010
“[…] un baño público portátil, sólo que el material de que […]”, la palabra solo subrayada lleva la tilde por el mismo motivo de:
Questão 16 99647
FCM PB Medicina 2011/1Texto I – Lo divino y lo humano – Claustrofobia
Por: Lisandro Duque Naranjo
En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX, en Bolivia, exhibiéndoles a los mineros de ese país una muestra de cine colombiano. Los anfitriones, para agasajarme, me llevaron a una colina helada en la que se encontraba algo que ellos llamaban "el ascensor". Era un cubículo del tamaño de un baño público portátil, sólo que el material de que estaba hecho eran tablas amarradas con cabuya y alambre en cuya parte superior había una polea, un carretel de cable y una manivela. Me dieron un casco metálico con su lámpara incrustada en la parte frontal, el cual me calcé de inmediato no sin antes hacerme tomar una foto con pretensiones épicas, a lo que contribuía el pesado chaquetón de estilo tibetano, la ventisca que silbaba y, por supuesto, las nieves perpetuas que se alzaban en el horizonte. Luego me dijeron “adelante”, señalándome el interior del armatoste.
Entré con dos mineros y alcancé a ver a través de las rendijas de la madera que el rústico vehículo estaba empotrado en un hueco de la montaña, cuyas paredes eran de estaño. De repente, el ascensor, chirriando, bajó unos diez centímetros en forma brusca, y luego otros diez, como si el que manejaba la manivela tuviera hipo. Les pregunté entonces qué pasaba, y me contestaron que empezábamos a bajar al socavón. Y como a cuánto queda eso, quise saber, escuchándoles una respuesta que de inmediato me hizo dar un salto instintivo hacia fuera: “a 400 metros”. ¡¿Cuatrocientos metros de para abajo?!, exclamé, oyéndoles pronunciar un sereno “sí, compañero”, que me sonó a responso.
Desairar ese viaje al interior de la tierra, todo un ritual para invitados, era como si el huésped de un hacendado se rehusara a montarse en una bestia para recorrer con él las vacadas, diciéndole que detesta el ganado, que los potreros le dan alergia y, que por lo tanto, pasa. Pero lo hice, y para ofrecer un pretexto digno apenas insistieron, me inventé enfermedades imaginarias: que padecía de asma, que había sufrido infartos, que era adicto al oxígeno, cosas de esas.
Obviamente, la antropóloga que me había invitado me susurró al oído que eso era una descortesía y me miró el casco como si lo hubiera deshonrado usándolo como un disfraz. Me lo quité, por supuesto, humildemente, sin la rigidez de esos oficiales que se arrancan sus insignias luego de reconocer su cobardía en un combate. A mí las profundidades, sean abiertas o cerradas, abismos o huecos, me dan pánico. […]
Tal vez no sea yo el único que padece esas fobias. Y la prueba son los más de mil televidentes mundiales que vieron, comiéndose las uñas, el rescate de los 33 mineros chilenos. En cuanto a mí, sentí un escalofrío que me arrancaba en la nuca y me bajaba por toda la columna, cada que uno de los diez o doce hombres que alcancé a ver era encerrado en esa cápsula y comenzaba a ser izado por ese tubo tan estrecho para cumplir ese recorrido eterno. Yo me hubiera quedado abajo, con setecientos metros de planeta encima, hasta que le doblaran el diámetro a ese tubo y la cápsula no tuviera ese aspecto de féretro. Aunque al salir a la superficie ya no saliera por televisión.
Adaptado de http://www.elespectador.com/, acceso en octubre/2010
“En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX”, el verbo subrayado está en pretérito indefinido, y se refiere a:
Questão 15 99646
FCM PB Medicina 2011/1Texto I – Lo divino y lo humano – Claustrofobia
Por: Lisandro Duque Naranjo
En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX, en Bolivia, exhibiéndoles a los mineros de ese país una muestra de cine colombiano. Los anfitriones, para agasajarme, me llevaron a una colina helada en la que se encontraba algo que ellos llamaban "el ascensor". Era un cubículo del tamaño de un baño público portátil, sólo que el material de que estaba hecho eran tablas amarradas con cabuya y alambre en cuya parte superior había una polea, un carretel de cable y una manivela. Me dieron un casco metálico con su lámpara incrustada en la parte frontal, el cual me calcé de inmediato no sin antes hacerme tomar una foto con pretensiones épicas, a lo que contribuía el pesado chaquetón de estilo tibetano, la ventisca que silbaba y, por supuesto, las nieves perpetuas que se alzaban en el horizonte. Luego me dijeron “adelante”, señalándome el interior del armatoste.
Entré con dos mineros y alcancé a ver a través de las rendijas de la madera que el rústico vehículo estaba empotrado en un hueco de la montaña, cuyas paredes eran de estaño. De repente, el ascensor, chirriando, bajó unos diez centímetros en forma brusca, y luego otros diez, como si el que manejaba la manivela tuviera hipo. Les pregunté entonces qué pasaba, y me contestaron que empezábamos a bajar al socavón. Y como a cuánto queda eso, quise saber, escuchándoles una respuesta que de inmediato me hizo dar un salto instintivo hacia fuera: “a 400 metros”. ¡¿Cuatrocientos metros de para abajo?!, exclamé, oyéndoles pronunciar un sereno “sí, compañero”, que me sonó a responso.
Desairar ese viaje al interior de la tierra, todo un ritual para invitados, era como si el huésped de un hacendado se rehusara a montarse en una bestia para recorrer con él las vacadas, diciéndole que detesta el ganado, que los potreros le dan alergia y, que por lo tanto, pasa. Pero lo hice, y para ofrecer un pretexto digno apenas insistieron, me inventé enfermedades imaginarias: que padecía de asma, que había sufrido infartos, que era adicto al oxígeno, cosas de esas.
Obviamente, la antropóloga que me había invitado me susurró al oído que eso era una descortesía y me miró el casco como si lo hubiera deshonrado usándolo como un disfraz. Me lo quité, por supuesto, humildemente, sin la rigidez de esos oficiales que se arrancan sus insignias luego de reconocer su cobardía en un combate. A mí las profundidades, sean abiertas o cerradas, abismos o huecos, me dan pánico. […]
Tal vez no sea yo el único que padece esas fobias. Y la prueba son los más de mil televidentes mundiales que vieron, comiéndose las uñas, el rescate de los 33 mineros chilenos. En cuanto a mí, sentí un escalofrío que me arrancaba en la nuca y me bajaba por toda la columna, cada que uno de los diez o doce hombres que alcancé a ver era encerrado en esa cápsula y comenzaba a ser izado por ese tubo tan estrecho para cumplir ese recorrido eterno. Yo me hubiera quedado abajo, con setecientos metros de planeta encima, hasta que le doblaran el diámetro a ese tubo y la cápsula no tuviera ese aspecto de féretro. Aunque al salir a la superficie ya no saliera por televisión.
Adaptado de http://www.elespectador.com/, acceso en octubre/2010
“En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX(20)”, los número que aparecen en esta frase se escriben correctamente:
Questão 14 99645
FCM PB Medicina 2011/1Texto I – Lo divino y lo humano – Claustrofobia
Por: Lisandro Duque Naranjo
En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX, en Bolivia, exhibiéndoles a los mineros de ese país una muestra de cine colombiano. Los anfitriones, para agasajarme, me llevaron a una colina helada en la que se encontraba algo que ellos llamaban "el ascensor". Era un cubículo del tamaño de un baño público portátil, sólo que el material de que estaba hecho eran tablas amarradas con cabuya y alambre en cuya parte superior había una polea, un carretel de cable y una manivela. Me dieron un casco metálico con su lámpara incrustada en la parte frontal, el cual me calcé de inmediato no sin antes hacerme tomar una foto con pretensiones épicas, a lo que contribuía el pesado chaquetón de estilo tibetano, la ventisca que silbaba y, por supuesto, las nieves perpetuas que se alzaban en el horizonte. Luego me dijeron “adelante”, señalándome el interior del armatoste.
Entré con dos mineros y alcancé a ver a través de las rendijas de la madera que el rústico vehículo estaba empotrado en un hueco de la montaña, cuyas paredes eran de estaño. De repente, el ascensor, chirriando, bajó unos diez centímetros en forma brusca, y luego otros diez, como si el que manejaba la manivela tuviera hipo. Les pregunté entonces qué pasaba, y me contestaron que empezábamos a bajar al socavón. Y como a cuánto queda eso, quise saber, escuchándoles una respuesta que de inmediato me hizo dar un salto instintivo hacia fuera: “a 400 metros”. ¡¿Cuatrocientos metros de para abajo?!, exclamé, oyéndoles pronunciar un sereno “sí, compañero”, que me sonó a responso.
Desairar ese viaje al interior de la tierra, todo un ritual para invitados, era como si el huésped de un hacendado se rehusara a montarse en una bestia para recorrer con él las vacadas, diciéndole que detesta el ganado, que los potreros le dan alergia y, que por lo tanto, pasa. Pero lo hice, y para ofrecer un pretexto digno apenas insistieron, me inventé enfermedades imaginarias: que padecía de asma, que había sufrido infartos, que era adicto al oxígeno, cosas de esas.
Obviamente, la antropóloga que me había invitado me susurró al oído que eso era una descortesía y me miró el casco como si lo hubiera deshonrado usándolo como un disfraz. Me lo quité, por supuesto, humildemente, sin la rigidez de esos oficiales que se arrancan sus insignias luego de reconocer su cobardía en un combate. A mí las profundidades, sean abiertas o cerradas, abismos o huecos, me dan pánico. […]
Tal vez no sea yo el único que padece esas fobias. Y la prueba son los más de mil televidentes mundiales que vieron, comiéndose las uñas, el rescate de los 33 mineros chilenos. En cuanto a mí, sentí un escalofrío que me arrancaba en la nuca y me bajaba por toda la columna, cada que uno de los diez o doce hombres que alcancé a ver era encerrado en esa cápsula y comenzaba a ser izado por ese tubo tan estrecho para cumplir ese recorrido eterno. Yo me hubiera quedado abajo, con setecientos metros de planeta encima, hasta que le doblaran el diámetro a ese tubo y la cápsula no tuviera ese aspecto de féretro. Aunque al salir a la superficie ya no saliera por televisión.
Adaptado de http://www.elespectador.com/, acceso en octubre/2010
“En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX, en Bolivia, exhibiéndoles a los mineros de ese país una muestra de cine colombiano”. La partícula les, subrayada al final del verbo exhibir, se refiere a:
Questão 13 99644
FCM PB Medicina 2011/1Texto I – Lo divino y lo humano – Claustrofobia
Por: Lisandro Duque Naranjo
En 1984 estuve en las minas de Catavi y Siglo XX, en Bolivia, exhibiéndoles a los mineros de ese país una muestra de cine colombiano. Los anfitriones, para agasajarme, me llevaron a una colina helada en la que se encontraba algo que ellos llamaban "el ascensor". Era un cubículo del tamaño de un baño público portátil, sólo que el material de que estaba hecho eran tablas amarradas con cabuya y alambre en cuya parte superior había una polea, un carretel de cable y una manivela. Me dieron un casco metálico con su lámpara incrustada en la parte frontal, el cual me calcé de inmediato no sin antes hacerme tomar una foto con pretensiones épicas, a lo que contribuía el pesado chaquetón de estilo tibetano, la ventisca que silbaba y, por supuesto, las nieves perpetuas que se alzaban en el horizonte. Luego me dijeron “adelante”, señalándome el interior del armatoste.
Entré con dos mineros y alcancé a ver a través de las rendijas de la madera que el rústico vehículo estaba empotrado en un hueco de la montaña, cuyas paredes eran de estaño. De repente, el ascensor, chirriando, bajó unos diez centímetros en forma brusca, y luego otros diez, como si el que manejaba la manivela tuviera hipo. Les pregunté entonces qué pasaba, y me contestaron que empezábamos a bajar al socavón. Y como a cuánto queda eso, quise saber, escuchándoles una respuesta que de inmediato me hizo dar un salto instintivo hacia fuera: “a 400 metros”. ¡¿Cuatrocientos metros de para abajo?!, exclamé, oyéndoles pronunciar un sereno “sí, compañero”, que me sonó a responso.
Desairar ese viaje al interior de la tierra, todo un ritual para invitados, era como si el huésped de un hacendado se rehusara a montarse en una bestia para recorrer con él las vacadas, diciéndole que detesta el ganado, que los potreros le dan alergia y, que por lo tanto, pasa. Pero lo hice, y para ofrecer un pretexto digno apenas insistieron, me inventé enfermedades imaginarias: que padecía de asma, que había sufrido infartos, que era adicto al oxígeno, cosas de esas.
Obviamente, la antropóloga que me había invitado me susurró al oído que eso era una descortesía y me miró el casco como si lo hubiera deshonrado usándolo como un disfraz. Me lo quité, por supuesto, humildemente, sin la rigidez de esos oficiales que se arrancan sus insignias luego de reconocer su cobardía en un combate. A mí las profundidades, sean abiertas o cerradas, abismos o huecos, me dan pánico. […]
Tal vez no sea yo el único que padece esas fobias. Y la prueba son los más de mil televidentes mundiales que vieron, comiéndose las uñas, el rescate de los 33 mineros chilenos. En cuanto a mí, sentí un escalofrío que me arrancaba en la nuca y me bajaba por toda la columna, cada que uno de los diez o doce hombres que alcancé a ver era encerrado en esa cápsula y comenzaba a ser izado por ese tubo tan estrecho para cumplir ese recorrido eterno. Yo me hubiera quedado abajo, con setecientos metros de planeta encima, hasta que le doblaran el diámetro a ese tubo y la cápsula no tuviera ese aspecto de féretro. Aunque al salir a la superficie ya no saliera por televisión.
Adaptado de http://www.elespectador.com/, acceso en octubre/2010
La palabra desairar, subrayada en el texto (3º párrafo), puede ser sustituida sin cambio de sentido por:
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