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PUC- RJ 2015/2
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¿Por qué en Venecia no hay gordos?

30/04/2015. Diario El Pais. Ver em www.elpais.es Ana García Moreno.

 

[1] Sucede con frecuencia que cuando las clientas de Marie Valdez (República Checa, 32 años) la ven por

primera vez tras su ajado delantal blanco, exclaman sorprendidas: “¡Oh!, ¿eres tú? Pero bueno… ¡qué

delgada!”. Apenas pueden creer que las manos responsables de la vistosa repostería francesa que

despacha Fonty,en el barrio de Salamanca (Madrid), pertenezcan a un cuerpo esbelto y aparentemente

[5] sano (61 kilogramos). “Y todo lo hago con azúcar y mantequilla. Intentando dosificar al mínimo las

cantidades", comenta la pastelera. Otros asiduos del lugar, según cuenta, aterrizan en el local con la

bolsa del gimnasio al hombro y engullen, con las mismas ganas con las que practicaban spinning minutos

antes, un rico merengue al horno. ¿Quién dijo que los flacos no comían dulces?

Mientras que el azúcar sí es un asunto delicado (la OMS recomienda reducir su consumo a 50 gramos),

[10] hay otros mitos nutricionales instalados en nuestra mente carentes de la más mínima base, y que

convierten cualquier proceso de adelgazamiento en un cúmulo de normas cuyo origen desconocemos,

pero que como borreguitos obedientes acatamos sin rechistar. Ni siquiera es necesario irse a los

extremos, como a la paleo-dieta (que excluye los lácteos) o la VB6 (vegano hasta las seis de la tarde:

palabra de Beyoncé) –ambos, por cierto, catalogados por la Asociación Británica de Dietética como

[15] “planes alimentarios que no se han de seguir en 2015”. Hay fórmulas mucho más sencillas (sin nombres 

y apellidos) que, sin embargo, adolecen de la misma falta de rigor. “No está demostrado que cenar

hidratos facilite el aumento de peso. Ni que saltarse el desayuno lo favorezca. Tampoco hay ninguna

investigación concluyente que señale una relación entre el número de ingestas diarias y la obesidad.

¿Quitarse el pan? No veo por qué. Lo interesante es que sea integral”, apunta Juan Revenga, dietista-

[20] nutricionista, autor del libro Adelgázame, miénteme y del blog El Nutricionista de la General. “El problema 

está en la simplificación. Adelgazar es terriblemente difícil y no existe una solución universal. Quien la de,

miente. Solo se me ocurre un mensaje sencillo y eficaz para controlar el peso: ‘Haz tu alimentación más

vegetariana. Que primen verduras, frutas y hortalizas”.

Cuando hace unos meses veíamos la foto de un suculento tajo de mantequilla en la portada de

[25] la prestigiosa revista Time, con el titular Eat butter (Come mantequilla), casi nos da un vuelco el corazón.

Tras media vida adulta añorando el sabor de esta emulsión de grasas que tan ricamente consumíamos

durante la infancia, las voces de la comunidad científica indicaban, después de haberlas defenestrado,

que podían haberse equivocado. Y que la relación de las grasas saturadas (presentes en carnes,

mantequillas y lácteos, así como en determinados aceites de palma o coco) con las enfermedades

[30] cardiovasculares y el sobrepeso “no está tan clara”. O, al menos, no ocurre en todas las personas ni de la

misma manera. Es más: las grasas, con sus tenebrosas 9 kilocalorías por gramo (el doble que la misma

cantidad de carbohidratos o proteínas), contribuyen a la creación de leptina (una hormona estrechamente

relacionada con el sobrepeso, pues controla la saciedad, es decir, la manifestación del hambre). “A más

grasa, más leptina, y a más leptina, menos apetito”, aseguró el genético molecular Jeffrey Friedman a EL

[35] PAÍS. Esto, por descontado, no significa que comer a toneladas lo blanquito de la carne sea el mejor

camino para enfundarse un biquini, pero sí acaba con la demonización de este macronutriente del que

solo sus variedades insaturadas (pescado o aceite de oliva) se llevaban los laureles.

Todo surgió a raíz de un macro análisis de la publicación Annals of Internal Medicine, en 2014, cuyos

datos alumbraban una nueva certeza: la disminución del consumo de grasas en EE. UU. no había

[40] supuesto un descenso en las enfermedades del corazón ni en la tasa de obesidad, sino todo lo contrario.

Según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud de EE. UU., la epidemia de obesidad se disparó allí

en el momento exacto en el que las administraciones abogaron por una dieta baja en grasas (1977). Y

cuando redujeron su consumo, las calorías del queso, la mantequilla y la carne, no desaparecieron por

arte de magia. Tampoco las sustituyeron por frutas y vegetales, sino que aumentaron su dosis de

[45] carbohidratos refinados (pan blanco, pasteles, galletas, refrescos) y snacks bajos en grasa, según Marion

Nestle, profesora de Nutrición en la Universidad de Nueva York. El resultado: Estados Unidos, con datos

de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos(OCDE), es el país con un mayor índice

de obesidad del mundo, con un 28,3% de personas que la padecen (en mayores de 15 años, la cifra es

aún mayor, 35,3%). Contrariamente, en Francia, donde la tasa de obesidad es mucho menor (12,9%), se

[50] consumen más grasas saturadas que en ningún otro país europeo (quién se resiste a un

buen camembert), pero la tasa de infarto de miocardio permanece discreta (British Journal of Nutrition,

2012). Es lo que se conoce como “la paradoja francesa”.

El esfuerzo vano de contar calorías

Los especialistas anotan, pues, que la mejor solución para perder peso pasa por comer poco y moverse

[55] mucho. “No veo ninguna necesidad de eliminar un macronutriente (hidratos de carbono, proteínas y

grasas) de nuestra dieta”, afirma Giuseppe Russolillo, presidente de la Fundación Española de Dietistas-

Nutricionistas (FEDN) y director de la Conferencia Mundial de Dietistas. “Tampoco sirve de nada contar

calorías”, apostilla. Entre otras cosas porque (y de nuevo se tambalean los cimientos de lo que dábamos

por sentado) consumir menos no implica estar más delgado.

[60] El químico bilbaíno Luis Jiménez, en su libro Lo que dice la ciencia para adelgazar de forma fácil y

saludable, recoge un paradigma: en el estudio masivo Nurse’s Health Study, elaborado por Harvard

School of Public Health, se hizo un seguimiento a miles de mujeres durante más de una década,

puntuando, según el valor nutricional del alimento, lo que comía cada fémina (Índice de Alimentación

Saludable, IAE). La conclusión fue que aquellas personas con un IAE más elevado (las que comían más

[65] sano) tenían menos sobrepeso. Pero también eran, y con mucha diferencia, las que más calorías ingerían.

El grupo que presentaba más sobrepeso era el de un IAE más bajo (obvio), pero el de una menor ingesta

calórica (menos obvio). “En un proceso de adelgazamiento, influyen múltiples factores, y la cantidad de

calorías no es determinante”, aclara Russolillo. “Sí lo es la calidad nutricional de lo que comemos, el lugar

donde vivimos [según La Revista Española de Obesidad, la ausencia de supermercados con frutas y

[70] hortalizas y su ubicación a grandes distancias repercute, sobre todo en núcleos urbanos desfavorecidos,

en un mayor Índice de Masa Corporal, IMC], la publicidad, el metabolismo, la genética o la implicación de

las autoridades sanitarias”, prosigue el especialista. A su juicio, en España esta última brilla por su

ausencia y señala países modelo en este campo como Holanda o Japón. “No solo es la genética o el sushi.

Que haya 170.000 dietistas-nutricionistas también influye. Nuestro país es el único de la UE que no tiene

[75] nutricionistas en el sistema público de salud”, apostilla. The Lancet es incluso más duro con la comunidad

internacional, como se deduce de la publicación el pasado mes febrero de una serie de artículos donde

acusaba a todos los países del globo de emprender estrategias débiles o erróneas contra la epidemia

global de obesidad en el mundo desarrollado. Según la OMS, el 39% de los adultos del planeta tiene

sobrepeso, una prevalencia que se ha multiplicado por más de dos entre 1980 y 2014. Sus consecuencias

[80] van desde enfermedades cardiovasculares hasta diabetes, pasando por ciertos tipos de cáncer o

trastornos del aparato locomotor.

Quiero comida y no tengo hambre

¿Qué ha sucedido en la evolución humana para que sintamos hambre cuando el cuerpo no necesita

realmente esos alimentos? Juan Revenga responde: “Nosotros somos como hace 7.000 años. Han

[85] cambiado las circunstancias. En el mundo desarrollado hay una disponibilidad alimentaria mayor, nos

rodea la comida, y con una seguridad que no había existido nunca. Es como cuando vas al bufé libre de

un hotel: comes por comer. En eso nos hemos convertido. Y toca cambiar nuestro conocimiento:

entender una biología nueva que se ha adaptado a comer más allá del hambre”.

[...]

En el fragmento “hay otros mitos nutricionales instalados en nuestra mente carentes de la más mínima base, y que convierten cualquier proceso de adelgazamiento en un cúmulo de normas cuyo origen desconocemos, pero que como borreguitos obedientes acatamos sin rechistar” (líneas 10-12) significa que el común de las personas

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¿Por qué en Venecia no hay gordos?

30/04/2015. Diario El Pais. Ver em www.elpais.es Ana García Moreno.

 

[1] Sucede con frecuencia que cuando las clientas de Marie Valdez (República Checa, 32 años) la ven por

primera vez tras su ajado delantal blanco, exclaman sorprendidas: “¡Oh!, ¿eres tú? Pero bueno… ¡qué

delgada!”. Apenas pueden creer que las manos responsables de la vistosa repostería francesa que

despacha Fonty,en el barrio de Salamanca (Madrid), pertenezcan a un cuerpo esbelto y aparentemente

[5] sano (61 kilogramos). “Y todo lo hago con azúcar y mantequilla. Intentando dosificar al mínimo las

cantidades", comenta la pastelera. Otros asiduos del lugar, según cuenta, aterrizan en el local con la

bolsa del gimnasio al hombro y engullen, con las mismas ganas con las que practicaban spinning minutos

antes, un rico merengue al horno. ¿Quién dijo que los flacos no comían dulces?

Mientras que el azúcar sí es un asunto delicado (la OMS recomienda reducir su consumo a 50 gramos),

[10] hay otros mitos nutricionales instalados en nuestra mente carentes de la más mínima base, y que

convierten cualquier proceso de adelgazamiento en un cúmulo de normas cuyo origen desconocemos,

pero que como borreguitos obedientes acatamos sin rechistar. Ni siquiera es necesario irse a los

extremos, como a la paleo-dieta (que excluye los lácteos) o la VB6 (vegano hasta las seis de la tarde:

palabra de Beyoncé) –ambos, por cierto, catalogados por la Asociación Británica de Dietética como

[15] “planes alimentarios que no se han de seguir en 2015”. Hay fórmulas mucho más sencillas (sin nombres 

y apellidos) que, sin embargo, adolecen de la misma falta de rigor. “No está demostrado que cenar

hidratos facilite el aumento de peso. Ni que saltarse el desayuno lo favorezca. Tampoco hay ninguna

investigación concluyente que señale una relación entre el número de ingestas diarias y la obesidad.

¿Quitarse el pan? No veo por qué. Lo interesante es que sea integral”, apunta Juan Revenga, dietista-

[20] nutricionista, autor del libro Adelgázame, miénteme y del blog El Nutricionista de la General. “El problema 

está en la simplificación. Adelgazar es terriblemente difícil y no existe una solución universal. Quien la de,

miente. Solo se me ocurre un mensaje sencillo y eficaz para controlar el peso: ‘Haz tu alimentación más

vegetariana. Que primen verduras, frutas y hortalizas”.

Cuando hace unos meses veíamos la foto de un suculento tajo de mantequilla en la portada de

[25] la prestigiosa revista Time, con el titular Eat butter (Come mantequilla), casi nos da un vuelco el corazón.

Tras media vida adulta añorando el sabor de esta emulsión de grasas que tan ricamente consumíamos

durante la infancia, las voces de la comunidad científica indicaban, después de haberlas defenestrado,

que podían haberse equivocado. Y que la relación de las grasas saturadas (presentes en carnes,

mantequillas y lácteos, así como en determinados aceites de palma o coco) con las enfermedades

[30] cardiovasculares y el sobrepeso “no está tan clara”. O, al menos, no ocurre en todas las personas ni de la

misma manera. Es más: las grasas, con sus tenebrosas 9 kilocalorías por gramo (el doble que la misma

cantidad de carbohidratos o proteínas), contribuyen a la creación de leptina (una hormona estrechamente

relacionada con el sobrepeso, pues controla la saciedad, es decir, la manifestación del hambre). “A más

grasa, más leptina, y a más leptina, menos apetito”, aseguró el genético molecular Jeffrey Friedman a EL

[35] PAÍS. Esto, por descontado, no significa que comer a toneladas lo blanquito de la carne sea el mejor

camino para enfundarse un biquini, pero sí acaba con la demonización de este macronutriente del que

solo sus variedades insaturadas (pescado o aceite de oliva) se llevaban los laureles.

Todo surgió a raíz de un macro análisis de la publicación Annals of Internal Medicine, en 2014, cuyos

datos alumbraban una nueva certeza: la disminución del consumo de grasas en EE. UU. no había

[40] supuesto un descenso en las enfermedades del corazón ni en la tasa de obesidad, sino todo lo contrario.

Según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud de EE. UU., la epidemia de obesidad se disparó allí

en el momento exacto en el que las administraciones abogaron por una dieta baja en grasas (1977). Y

cuando redujeron su consumo, las calorías del queso, la mantequilla y la carne, no desaparecieron por

arte de magia. Tampoco las sustituyeron por frutas y vegetales, sino que aumentaron su dosis de

[45] carbohidratos refinados (pan blanco, pasteles, galletas, refrescos) y snacks bajos en grasa, según Marion

Nestle, profesora de Nutrición en la Universidad de Nueva York. El resultado: Estados Unidos, con datos

de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos(OCDE), es el país con un mayor índice

de obesidad del mundo, con un 28,3% de personas que la padecen (en mayores de 15 años, la cifra es

aún mayor, 35,3%). Contrariamente, en Francia, donde la tasa de obesidad es mucho menor (12,9%), se

[50] consumen más grasas saturadas que en ningún otro país europeo (quién se resiste a un

buen camembert), pero la tasa de infarto de miocardio permanece discreta (British Journal of Nutrition,

2012). Es lo que se conoce como “la paradoja francesa”.

El esfuerzo vano de contar calorías

Los especialistas anotan, pues, que la mejor solución para perder peso pasa por comer poco y moverse

[55] mucho. “No veo ninguna necesidad de eliminar un macronutriente (hidratos de carbono, proteínas y

grasas) de nuestra dieta”, afirma Giuseppe Russolillo, presidente de la Fundación Española de Dietistas-

Nutricionistas (FEDN) y director de la Conferencia Mundial de Dietistas. “Tampoco sirve de nada contar

calorías”, apostilla. Entre otras cosas porque (y de nuevo se tambalean los cimientos de lo que dábamos

por sentado) consumir menos no implica estar más delgado.

[60] El químico bilbaíno Luis Jiménez, en su libro Lo que dice la ciencia para adelgazar de forma fácil y

saludable, recoge un paradigma: en el estudio masivo Nurse’s Health Study, elaborado por Harvard

School of Public Health, se hizo un seguimiento a miles de mujeres durante más de una década,

puntuando, según el valor nutricional del alimento, lo que comía cada fémina (Índice de Alimentación

Saludable, IAE). La conclusión fue que aquellas personas con un IAE más elevado (las que comían más

[65] sano) tenían menos sobrepeso. Pero también eran, y con mucha diferencia, las que más calorías ingerían.

El grupo que presentaba más sobrepeso era el de un IAE más bajo (obvio), pero el de una menor ingesta

calórica (menos obvio). “En un proceso de adelgazamiento, influyen múltiples factores, y la cantidad de

calorías no es determinante”, aclara Russolillo. “Sí lo es la calidad nutricional de lo que comemos, el lugar

donde vivimos [según La Revista Española de Obesidad, la ausencia de supermercados con frutas y

[70] hortalizas y su ubicación a grandes distancias repercute, sobre todo en núcleos urbanos desfavorecidos,

en un mayor Índice de Masa Corporal, IMC], la publicidad, el metabolismo, la genética o la implicación de

las autoridades sanitarias”, prosigue el especialista. A su juicio, en España esta última brilla por su

ausencia y señala países modelo en este campo como Holanda o Japón. “No solo es la genética o el sushi.

Que haya 170.000 dietistas-nutricionistas también influye. Nuestro país es el único de la UE que no tiene

[75] nutricionistas en el sistema público de salud”, apostilla. The Lancet es incluso más duro con la comunidad

internacional, como se deduce de la publicación el pasado mes febrero de una serie de artículos donde

acusaba a todos los países del globo de emprender estrategias débiles o erróneas contra la epidemia

global de obesidad en el mundo desarrollado. Según la OMS, el 39% de los adultos del planeta tiene

sobrepeso, una prevalencia que se ha multiplicado por más de dos entre 1980 y 2014. Sus consecuencias

[80] van desde enfermedades cardiovasculares hasta diabetes, pasando por ciertos tipos de cáncer o

trastornos del aparato locomotor.

Quiero comida y no tengo hambre

¿Qué ha sucedido en la evolución humana para que sintamos hambre cuando el cuerpo no necesita

realmente esos alimentos? Juan Revenga responde: “Nosotros somos como hace 7.000 años. Han

[85] cambiado las circunstancias. En el mundo desarrollado hay una disponibilidad alimentaria mayor, nos

rodea la comida, y con una seguridad que no había existido nunca. Es como cuando vas al bufé libre de

un hotel: comes por comer. En eso nos hemos convertido. Y toca cambiar nuestro conocimiento:

entender una biología nueva que se ha adaptado a comer más allá del hambre”.

[...]

En “Hay fórmulas mucho más sencillas (sin nombres y apellidos) que, sin embargo, adolecen de la misma falta de rigor” (líneas 15-16), podemos reemplazar sin embargo por:

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Questão 6 92158
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¿Por qué en Venecia no hay gordos?

30/04/2015. Diario El Pais. Ver em www.elpais.es Ana García Moreno.

 

[1] Sucede con frecuencia que cuando las clientas de Marie Valdez (República Checa, 32 años) la ven por

primera vez tras su ajado delantal blanco, exclaman sorprendidas: “¡Oh!, ¿eres tú? Pero bueno… ¡qué

delgada!”. Apenas pueden creer que las manos responsables de la vistosa repostería francesa que

despacha Fonty,en el barrio de Salamanca (Madrid), pertenezcan a un cuerpo esbelto y aparentemente

[5] sano (61 kilogramos). “Y todo lo hago con azúcar y mantequilla. Intentando dosificar al mínimo las

cantidades", comenta la pastelera. Otros asiduos del lugar, según cuenta, aterrizan en el local con la

bolsa del gimnasio al hombro y engullen, con las mismas ganas con las que practicaban spinning minutos

antes, un rico merengue al horno. ¿Quién dijo que los flacos no comían dulces?

Mientras que el azúcar sí es un asunto delicado (la OMS recomienda reducir su consumo a 50 gramos),

[10] hay otros mitos nutricionales instalados en nuestra mente carentes de la más mínima base, y que

convierten cualquier proceso de adelgazamiento en un cúmulo de normas cuyo origen desconocemos,

pero que como borreguitos obedientes acatamos sin rechistar. Ni siquiera es necesario irse a los

extremos, como a la paleo-dieta (que excluye los lácteos) o la VB6 (vegano hasta las seis de la tarde:

palabra de Beyoncé) –ambos, por cierto, catalogados por la Asociación Británica de Dietética como

[15] “planes alimentarios que no se han de seguir en 2015”. Hay fórmulas mucho más sencillas (sin nombres 

y apellidos) que, sin embargo, adolecen de la misma falta de rigor. “No está demostrado que cenar

hidratos facilite el aumento de peso. Ni que saltarse el desayuno lo favorezca. Tampoco hay ninguna

investigación concluyente que señale una relación entre el número de ingestas diarias y la obesidad.

¿Quitarse el pan? No veo por qué. Lo interesante es que sea integral”, apunta Juan Revenga, dietista-

[20] nutricionista, autor del libro Adelgázame, miénteme y del blog El Nutricionista de la General. “El problema 

está en la simplificación. Adelgazar es terriblemente difícil y no existe una solución universal. Quien la de,

miente. Solo se me ocurre un mensaje sencillo y eficaz para controlar el peso: ‘Haz tu alimentación más

vegetariana. Que primen verduras, frutas y hortalizas”.

Cuando hace unos meses veíamos la foto de un suculento tajo de mantequilla en la portada de

[25] la prestigiosa revista Time, con el titular Eat butter (Come mantequilla), casi nos da un vuelco el corazón.

Tras media vida adulta añorando el sabor de esta emulsión de grasas que tan ricamente consumíamos

durante la infancia, las voces de la comunidad científica indicaban, después de haberlas defenestrado,

que podían haberse equivocado. Y que la relación de las grasas saturadas (presentes en carnes,

mantequillas y lácteos, así como en determinados aceites de palma o coco) con las enfermedades

[30] cardiovasculares y el sobrepeso “no está tan clara”. O, al menos, no ocurre en todas las personas ni de la

misma manera. Es más: las grasas, con sus tenebrosas 9 kilocalorías por gramo (el doble que la misma

cantidad de carbohidratos o proteínas), contribuyen a la creación de leptina (una hormona estrechamente

relacionada con el sobrepeso, pues controla la saciedad, es decir, la manifestación del hambre). “A más

grasa, más leptina, y a más leptina, menos apetito”, aseguró el genético molecular Jeffrey Friedman a EL

[35] PAÍS. Esto, por descontado, no significa que comer a toneladas lo blanquito de la carne sea el mejor

camino para enfundarse un biquini, pero sí acaba con la demonización de este macronutriente del que

solo sus variedades insaturadas (pescado o aceite de oliva) se llevaban los laureles.

Todo surgió a raíz de un macro análisis de la publicación Annals of Internal Medicine, en 2014, cuyos

datos alumbraban una nueva certeza: la disminución del consumo de grasas en EE. UU. no había

[40] supuesto un descenso en las enfermedades del corazón ni en la tasa de obesidad, sino todo lo contrario.

Según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud de EE. UU., la epidemia de obesidad se disparó allí

en el momento exacto en el que las administraciones abogaron por una dieta baja en grasas (1977). Y

cuando redujeron su consumo, las calorías del queso, la mantequilla y la carne, no desaparecieron por

arte de magia. Tampoco las sustituyeron por frutas y vegetales, sino que aumentaron su dosis de

[45] carbohidratos refinados (pan blanco, pasteles, galletas, refrescos) y snacks bajos en grasa, según Marion

Nestle, profesora de Nutrición en la Universidad de Nueva York. El resultado: Estados Unidos, con datos

de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos(OCDE), es el país con un mayor índice

de obesidad del mundo, con un 28,3% de personas que la padecen (en mayores de 15 años, la cifra es

aún mayor, 35,3%). Contrariamente, en Francia, donde la tasa de obesidad es mucho menor (12,9%), se

[50] consumen más grasas saturadas que en ningún otro país europeo (quién se resiste a un

buen camembert), pero la tasa de infarto de miocardio permanece discreta (British Journal of Nutrition,

2012). Es lo que se conoce como “la paradoja francesa”.

El esfuerzo vano de contar calorías

Los especialistas anotan, pues, que la mejor solución para perder peso pasa por comer poco y moverse

[55] mucho. “No veo ninguna necesidad de eliminar un macronutriente (hidratos de carbono, proteínas y

grasas) de nuestra dieta”, afirma Giuseppe Russolillo, presidente de la Fundación Española de Dietistas-

Nutricionistas (FEDN) y director de la Conferencia Mundial de Dietistas. “Tampoco sirve de nada contar

calorías”, apostilla. Entre otras cosas porque (y de nuevo se tambalean los cimientos de lo que dábamos

por sentado) consumir menos no implica estar más delgado.

[60] El químico bilbaíno Luis Jiménez, en su libro Lo que dice la ciencia para adelgazar de forma fácil y

saludable, recoge un paradigma: en el estudio masivo Nurse’s Health Study, elaborado por Harvard

School of Public Health, se hizo un seguimiento a miles de mujeres durante más de una década,

puntuando, según el valor nutricional del alimento, lo que comía cada fémina (Índice de Alimentación

Saludable, IAE). La conclusión fue que aquellas personas con un IAE más elevado (las que comían más

[65] sano) tenían menos sobrepeso. Pero también eran, y con mucha diferencia, las que más calorías ingerían.

El grupo que presentaba más sobrepeso era el de un IAE más bajo (obvio), pero el de una menor ingesta

calórica (menos obvio). “En un proceso de adelgazamiento, influyen múltiples factores, y la cantidad de

calorías no es determinante”, aclara Russolillo. “Sí lo es la calidad nutricional de lo que comemos, el lugar

donde vivimos [según La Revista Española de Obesidad, la ausencia de supermercados con frutas y

[70] hortalizas y su ubicación a grandes distancias repercute, sobre todo en núcleos urbanos desfavorecidos,

en un mayor Índice de Masa Corporal, IMC], la publicidad, el metabolismo, la genética o la implicación de

las autoridades sanitarias”, prosigue el especialista. A su juicio, en España esta última brilla por su

ausencia y señala países modelo en este campo como Holanda o Japón. “No solo es la genética o el sushi.

Que haya 170.000 dietistas-nutricionistas también influye. Nuestro país es el único de la UE que no tiene

[75] nutricionistas en el sistema público de salud”, apostilla. The Lancet es incluso más duro con la comunidad

internacional, como se deduce de la publicación el pasado mes febrero de una serie de artículos donde

acusaba a todos los países del globo de emprender estrategias débiles o erróneas contra la epidemia

global de obesidad en el mundo desarrollado. Según la OMS, el 39% de los adultos del planeta tiene

sobrepeso, una prevalencia que se ha multiplicado por más de dos entre 1980 y 2014. Sus consecuencias

[80] van desde enfermedades cardiovasculares hasta diabetes, pasando por ciertos tipos de cáncer o

trastornos del aparato locomotor.

Quiero comida y no tengo hambre

¿Qué ha sucedido en la evolución humana para que sintamos hambre cuando el cuerpo no necesita

realmente esos alimentos? Juan Revenga responde: “Nosotros somos como hace 7.000 años. Han

[85] cambiado las circunstancias. En el mundo desarrollado hay una disponibilidad alimentaria mayor, nos

rodea la comida, y con una seguridad que no había existido nunca. Es como cuando vas al bufé libre de

un hotel: comes por comer. En eso nos hemos convertido. Y toca cambiar nuestro conocimiento:

entender una biología nueva que se ha adaptado a comer más allá del hambre”.

[...]

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¿Por qué en Venecia no hay gordos?

30/04/2015. Diario El Pais. Ver em www.elpais.es Ana García Moreno.

 

[1] Sucede con frecuencia que cuando las clientas de Marie Valdez (República Checa, 32 años) la ven por

primera vez tras su ajado delantal blanco, exclaman sorprendidas: “¡Oh!, ¿eres tú? Pero bueno… ¡qué

delgada!”. Apenas pueden creer que las manos responsables de la vistosa repostería francesa que

despacha Fonty,en el barrio de Salamanca (Madrid), pertenezcan a un cuerpo esbelto y aparentemente

[5] sano (61 kilogramos). “Y todo lo hago con azúcar y mantequilla. Intentando dosificar al mínimo las

cantidades", comenta la pastelera. Otros asiduos del lugar, según cuenta, aterrizan en el local con la

bolsa del gimnasio al hombro y engullen, con las mismas ganas con las que practicaban spinning minutos

antes, un rico merengue al horno. ¿Quién dijo que los flacos no comían dulces?

Mientras que el azúcar sí es un asunto delicado (la OMS recomienda reducir su consumo a 50 gramos),

[10] hay otros mitos nutricionales instalados en nuestra mente carentes de la más mínima base, y que

convierten cualquier proceso de adelgazamiento en un cúmulo de normas cuyo origen desconocemos,

pero que como borreguitos obedientes acatamos sin rechistar. Ni siquiera es necesario irse a los

extremos, como a la paleo-dieta (que excluye los lácteos) o la VB6 (vegano hasta las seis de la tarde:

palabra de Beyoncé) –ambos, por cierto, catalogados por la Asociación Británica de Dietética como

[15] “planes alimentarios que no se han de seguir en 2015”. Hay fórmulas mucho más sencillas (sin nombres 

y apellidos) que, sin embargo, adolecen de la misma falta de rigor. “No está demostrado que cenar

hidratos facilite el aumento de peso. Ni que saltarse el desayuno lo favorezca. Tampoco hay ninguna

investigación concluyente que señale una relación entre el número de ingestas diarias y la obesidad.

¿Quitarse el pan? No veo por qué. Lo interesante es que sea integral”, apunta Juan Revenga, dietista-

[20] nutricionista, autor del libro Adelgázame, miénteme y del blog El Nutricionista de la General. “El problema 

está en la simplificación. Adelgazar es terriblemente difícil y no existe una solución universal. Quien la de,

miente. Solo se me ocurre un mensaje sencillo y eficaz para controlar el peso: ‘Haz tu alimentación más

vegetariana. Que primen verduras, frutas y hortalizas”.

Cuando hace unos meses veíamos la foto de un suculento tajo de mantequilla en la portada de

[25] la prestigiosa revista Time, con el titular Eat butter (Come mantequilla), casi nos da un vuelco el corazón.

Tras media vida adulta añorando el sabor de esta emulsión de grasas que tan ricamente consumíamos

durante la infancia, las voces de la comunidad científica indicaban, después de haberlas defenestrado,

que podían haberse equivocado. Y que la relación de las grasas saturadas (presentes en carnes,

mantequillas y lácteos, así como en determinados aceites de palma o coco) con las enfermedades

[30] cardiovasculares y el sobrepeso “no está tan clara”. O, al menos, no ocurre en todas las personas ni de la

misma manera. Es más: las grasas, con sus tenebrosas 9 kilocalorías por gramo (el doble que la misma

cantidad de carbohidratos o proteínas), contribuyen a la creación de leptina (una hormona estrechamente

relacionada con el sobrepeso, pues controla la saciedad, es decir, la manifestación del hambre). “A más

grasa, más leptina, y a más leptina, menos apetito”, aseguró el genético molecular Jeffrey Friedman a EL

[35] PAÍS. Esto, por descontado, no significa que comer a toneladas lo blanquito de la carne sea el mejor

camino para enfundarse un biquini, pero sí acaba con la demonización de este macronutriente del que

solo sus variedades insaturadas (pescado o aceite de oliva) se llevaban los laureles.

Todo surgió a raíz de un macro análisis de la publicación Annals of Internal Medicine, en 2014, cuyos

datos alumbraban una nueva certeza: la disminución del consumo de grasas en EE. UU. no había

[40] supuesto un descenso en las enfermedades del corazón ni en la tasa de obesidad, sino todo lo contrario.

Según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud de EE. UU., la epidemia de obesidad se disparó allí

en el momento exacto en el que las administraciones abogaron por una dieta baja en grasas (1977). Y

cuando redujeron su consumo, las calorías del queso, la mantequilla y la carne, no desaparecieron por

arte de magia. Tampoco las sustituyeron por frutas y vegetales, sino que aumentaron su dosis de

[45] carbohidratos refinados (pan blanco, pasteles, galletas, refrescos) y snacks bajos en grasa, según Marion

Nestle, profesora de Nutrición en la Universidad de Nueva York. El resultado: Estados Unidos, con datos

de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos(OCDE), es el país con un mayor índice

de obesidad del mundo, con un 28,3% de personas que la padecen (en mayores de 15 años, la cifra es

aún mayor, 35,3%). Contrariamente, en Francia, donde la tasa de obesidad es mucho menor (12,9%), se

[50] consumen más grasas saturadas que en ningún otro país europeo (quién se resiste a un

buen camembert), pero la tasa de infarto de miocardio permanece discreta (British Journal of Nutrition,

2012). Es lo que se conoce como “la paradoja francesa”.

El esfuerzo vano de contar calorías

Los especialistas anotan, pues, que la mejor solución para perder peso pasa por comer poco y moverse

[55] mucho. “No veo ninguna necesidad de eliminar un macronutriente (hidratos de carbono, proteínas y

grasas) de nuestra dieta”, afirma Giuseppe Russolillo, presidente de la Fundación Española de Dietistas-

Nutricionistas (FEDN) y director de la Conferencia Mundial de Dietistas. “Tampoco sirve de nada contar

calorías”, apostilla. Entre otras cosas porque (y de nuevo se tambalean los cimientos de lo que dábamos

por sentado) consumir menos no implica estar más delgado.

[60] El químico bilbaíno Luis Jiménez, en su libro Lo que dice la ciencia para adelgazar de forma fácil y

saludable, recoge un paradigma: en el estudio masivo Nurse’s Health Study, elaborado por Harvard

School of Public Health, se hizo un seguimiento a miles de mujeres durante más de una década,

puntuando, según el valor nutricional del alimento, lo que comía cada fémina (Índice de Alimentación

Saludable, IAE). La conclusión fue que aquellas personas con un IAE más elevado (las que comían más

[65] sano) tenían menos sobrepeso. Pero también eran, y con mucha diferencia, las que más calorías ingerían.

El grupo que presentaba más sobrepeso era el de un IAE más bajo (obvio), pero el de una menor ingesta

calórica (menos obvio). “En un proceso de adelgazamiento, influyen múltiples factores, y la cantidad de

calorías no es determinante”, aclara Russolillo. “Sí lo es la calidad nutricional de lo que comemos, el lugar

donde vivimos [según La Revista Española de Obesidad, la ausencia de supermercados con frutas y

[70] hortalizas y su ubicación a grandes distancias repercute, sobre todo en núcleos urbanos desfavorecidos,

en un mayor Índice de Masa Corporal, IMC], la publicidad, el metabolismo, la genética o la implicación de

las autoridades sanitarias”, prosigue el especialista. A su juicio, en España esta última brilla por su

ausencia y señala países modelo en este campo como Holanda o Japón. “No solo es la genética o el sushi.

Que haya 170.000 dietistas-nutricionistas también influye. Nuestro país es el único de la UE que no tiene

[75] nutricionistas en el sistema público de salud”, apostilla. The Lancet es incluso más duro con la comunidad

internacional, como se deduce de la publicación el pasado mes febrero de una serie de artículos donde

acusaba a todos los países del globo de emprender estrategias débiles o erróneas contra la epidemia

global de obesidad en el mundo desarrollado. Según la OMS, el 39% de los adultos del planeta tiene

sobrepeso, una prevalencia que se ha multiplicado por más de dos entre 1980 y 2014. Sus consecuencias

[80] van desde enfermedades cardiovasculares hasta diabetes, pasando por ciertos tipos de cáncer o

trastornos del aparato locomotor.

Quiero comida y no tengo hambre

¿Qué ha sucedido en la evolución humana para que sintamos hambre cuando el cuerpo no necesita

realmente esos alimentos? Juan Revenga responde: “Nosotros somos como hace 7.000 años. Han

[85] cambiado las circunstancias. En el mundo desarrollado hay una disponibilidad alimentaria mayor, nos

rodea la comida, y con una seguridad que no había existido nunca. Es como cuando vas al bufé libre de

un hotel: comes por comer. En eso nos hemos convertido. Y toca cambiar nuestro conocimiento:

entender una biología nueva que se ha adaptado a comer más allá del hambre”.

[...]

Lee las afirmaciones que siguen:

I.La presencia de nutricionistas en el sistema público de salud ayuda a mejorar la alimentación de la población.
II. Contar las calorías es muy importante y útil para adelgazar.
III. La leptina es una hormona estrechamente relacionada con el sobrepeso porque aumenta la sensación de hambre.
IV. Bajar de peso no es fácil y no hay una única manera de lograrlo.

A partir de lo que dice el texto sólo son verdaderas 

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Resolução comentada

¿Por qué en Venecia no hay gordos?

30/04/2015. Diario El Pais. Ver em www.elpais.es Ana García Moreno.

 

[1] Sucede con frecuencia que cuando las clientas de Marie Valdez (República Checa, 32 años) la ven por

primera vez tras su ajado delantal blanco, exclaman sorprendidas: “¡Oh!, ¿eres tú? Pero bueno… ¡qué

delgada!”. Apenas pueden creer que las manos responsables de la vistosa repostería francesa que

despacha Fonty,en el barrio de Salamanca (Madrid), pertenezcan a un cuerpo esbelto y aparentemente

[5] sano (61 kilogramos). “Y todo lo hago con azúcar y mantequilla. Intentando dosificar al mínimo las

cantidades", comenta la pastelera. Otros asiduos del lugar, según cuenta, aterrizan en el local con la

bolsa del gimnasio al hombro y engullen, con las mismas ganas con las que practicaban spinning minutos

antes, un rico merengue al horno. ¿Quién dijo que los flacos no comían dulces?

Mientras que el azúcar sí es un asunto delicado (la OMS recomienda reducir su consumo a 50 gramos),

[10] hay otros mitos nutricionales instalados en nuestra mente carentes de la más mínima base, y que

convierten cualquier proceso de adelgazamiento en un cúmulo de normas cuyo origen desconocemos,

pero que como borreguitos obedientes acatamos sin rechistar. Ni siquiera es necesario irse a los

extremos, como a la paleo-dieta (que excluye los lácteos) o la VB6 (vegano hasta las seis de la tarde:

palabra de Beyoncé) –ambos, por cierto, catalogados por la Asociación Británica de Dietética como

[15] “planes alimentarios que no se han de seguir en 2015”. Hay fórmulas mucho más sencillas (sin nombres 

y apellidos) que, sin embargo, adolecen de la misma falta de rigor. “No está demostrado que cenar

hidratos facilite el aumento de peso. Ni que saltarse el desayuno lo favorezca. Tampoco hay ninguna

investigación concluyente que señale una relación entre el número de ingestas diarias y la obesidad.

¿Quitarse el pan? No veo por qué. Lo interesante es que sea integral”, apunta Juan Revenga, dietista-

[20] nutricionista, autor del libro Adelgázame, miénteme y del blog El Nutricionista de la General. “El problema 

está en la simplificación. Adelgazar es terriblemente difícil y no existe una solución universal. Quien la de,

miente. Solo se me ocurre un mensaje sencillo y eficaz para controlar el peso: ‘Haz tu alimentación más

vegetariana. Que primen verduras, frutas y hortalizas”.

Cuando hace unos meses veíamos la foto de un suculento tajo de mantequilla en la portada de

[25] la prestigiosa revista Time, con el titular Eat butter (Come mantequilla), casi nos da un vuelco el corazón.

Tras media vida adulta añorando el sabor de esta emulsión de grasas que tan ricamente consumíamos

durante la infancia, las voces de la comunidad científica indicaban, después de haberlas defenestrado,

que podían haberse equivocado. Y que la relación de las grasas saturadas (presentes en carnes,

mantequillas y lácteos, así como en determinados aceites de palma o coco) con las enfermedades

[30] cardiovasculares y el sobrepeso “no está tan clara”. O, al menos, no ocurre en todas las personas ni de la

misma manera. Es más: las grasas, con sus tenebrosas 9 kilocalorías por gramo (el doble que la misma

cantidad de carbohidratos o proteínas), contribuyen a la creación de leptina (una hormona estrechamente

relacionada con el sobrepeso, pues controla la saciedad, es decir, la manifestación del hambre). “A más

grasa, más leptina, y a más leptina, menos apetito”, aseguró el genético molecular Jeffrey Friedman a EL

[35] PAÍS. Esto, por descontado, no significa que comer a toneladas lo blanquito de la carne sea el mejor

camino para enfundarse un biquini, pero sí acaba con la demonización de este macronutriente del que

solo sus variedades insaturadas (pescado o aceite de oliva) se llevaban los laureles.

Todo surgió a raíz de un macro análisis de la publicación Annals of Internal Medicine, en 2014, cuyos

datos alumbraban una nueva certeza: la disminución del consumo de grasas en EE. UU. no había

[40] supuesto un descenso en las enfermedades del corazón ni en la tasa de obesidad, sino todo lo contrario.

Según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud de EE. UU., la epidemia de obesidad se disparó allí

en el momento exacto en el que las administraciones abogaron por una dieta baja en grasas (1977). Y

cuando redujeron su consumo, las calorías del queso, la mantequilla y la carne, no desaparecieron por

arte de magia. Tampoco las sustituyeron por frutas y vegetales, sino que aumentaron su dosis de

[45] carbohidratos refinados (pan blanco, pasteles, galletas, refrescos) y snacks bajos en grasa, según Marion

Nestle, profesora de Nutrición en la Universidad de Nueva York. El resultado: Estados Unidos, con datos

de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos(OCDE), es el país con un mayor índice

de obesidad del mundo, con un 28,3% de personas que la padecen (en mayores de 15 años, la cifra es

aún mayor, 35,3%). Contrariamente, en Francia, donde la tasa de obesidad es mucho menor (12,9%), se

[50] consumen más grasas saturadas que en ningún otro país europeo (quién se resiste a un

buen camembert), pero la tasa de infarto de miocardio permanece discreta (British Journal of Nutrition,

2012). Es lo que se conoce como “la paradoja francesa”.

El esfuerzo vano de contar calorías

Los especialistas anotan, pues, que la mejor solución para perder peso pasa por comer poco y moverse

[55] mucho. “No veo ninguna necesidad de eliminar un macronutriente (hidratos de carbono, proteínas y

grasas) de nuestra dieta”, afirma Giuseppe Russolillo, presidente de la Fundación Española de Dietistas-

Nutricionistas (FEDN) y director de la Conferencia Mundial de Dietistas. “Tampoco sirve de nada contar

calorías”, apostilla. Entre otras cosas porque (y de nuevo se tambalean los cimientos de lo que dábamos

por sentado) consumir menos no implica estar más delgado.

[60] El químico bilbaíno Luis Jiménez, en su libro Lo que dice la ciencia para adelgazar de forma fácil y

saludable, recoge un paradigma: en el estudio masivo Nurse’s Health Study, elaborado por Harvard

School of Public Health, se hizo un seguimiento a miles de mujeres durante más de una década,

puntuando, según el valor nutricional del alimento, lo que comía cada fémina (Índice de Alimentación

Saludable, IAE). La conclusión fue que aquellas personas con un IAE más elevado (las que comían más

[65] sano) tenían menos sobrepeso. Pero también eran, y con mucha diferencia, las que más calorías ingerían.

El grupo que presentaba más sobrepeso era el de un IAE más bajo (obvio), pero el de una menor ingesta

calórica (menos obvio). “En un proceso de adelgazamiento, influyen múltiples factores, y la cantidad de

calorías no es determinante”, aclara Russolillo. “Sí lo es la calidad nutricional de lo que comemos, el lugar

donde vivimos [según La Revista Española de Obesidad, la ausencia de supermercados con frutas y

[70] hortalizas y su ubicación a grandes distancias repercute, sobre todo en núcleos urbanos desfavorecidos,

en un mayor Índice de Masa Corporal, IMC], la publicidad, el metabolismo, la genética o la implicación de

las autoridades sanitarias”, prosigue el especialista. A su juicio, en España esta última brilla por su

ausencia y señala países modelo en este campo como Holanda o Japón. “No solo es la genética o el sushi.

Que haya 170.000 dietistas-nutricionistas también influye. Nuestro país es el único de la UE que no tiene

[75] nutricionistas en el sistema público de salud”, apostilla. The Lancet es incluso más duro con la comunidad

internacional, como se deduce de la publicación el pasado mes febrero de una serie de artículos donde

acusaba a todos los países del globo de emprender estrategias débiles o erróneas contra la epidemia

global de obesidad en el mundo desarrollado. Según la OMS, el 39% de los adultos del planeta tiene

sobrepeso, una prevalencia que se ha multiplicado por más de dos entre 1980 y 2014. Sus consecuencias

[80] van desde enfermedades cardiovasculares hasta diabetes, pasando por ciertos tipos de cáncer o

trastornos del aparato locomotor.

Quiero comida y no tengo hambre

¿Qué ha sucedido en la evolución humana para que sintamos hambre cuando el cuerpo no necesita

realmente esos alimentos? Juan Revenga responde: “Nosotros somos como hace 7.000 años. Han

[85] cambiado las circunstancias. En el mundo desarrollado hay una disponibilidad alimentaria mayor, nos

rodea la comida, y con una seguridad que no había existido nunca. Es como cuando vas al bufé libre de

un hotel: comes por comer. En eso nos hemos convertido. Y toca cambiar nuestro conocimiento:

entender una biología nueva que se ha adaptado a comer más allá del hambre”.

[...]

La anécdota de la repostera Marie Valdez que introduce el texto busca que el lector reflexione sobre

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Questão 54 92142
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UEMG 2015/2
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Resolução comentada

El fragmento siguiente alude al tema de las reglas, abordado también en el primer texto. Léalo con atención. 

 

    “A maneira mais segura para não ofender é manter distância: distância afetiva e distância física... 

Raro, mas acontecia entre os homens, o cumprimento ser com o braço esticado, braço e antebraço em linha reta, sem fazer ângulo no cotovelo. As mãos se apertavam fortemente enquanto o braço duro mantinha a distância, impedindo a aproximação”. 

ALVES, 2014, 2015, p.165.

 

“…Em prosa? Repetiu como se ouvisse língua estrangeira. Não, decidiu categórica, não. Não é nem em poesia, nem em prosa. Quero é um artigo de umas vinte linhas, tipo de jornal, arrematou quase doutora, olhando no relógio”. 

PRADO, 2011, 2014, p.129.

 

Según el entorno del fragmento, la palabra “jornal ”, en Español, es heterosemántica en relación al Portugués.

 

Observe los vocablos de esta cuestión y elija la alternativa donde aparezca otro ejemplo.

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